Volver al origen, la nueva vida de Julieta Álvarez

Volver al origen, la nueva vida de Julieta Álvarez

Por A F

Volver al origen, la nueva vida de Julieta Álvarez

    Escribió Jacinto Benavente que «la casualidad es un desenlace, pero no una explicación». Posiblemente es algo que debió grabarse a fuego Julieta Álvarez (Madrid, 1982), pues todo empezó… por casualidad. A veces, es la vocación quien te encuentra a ti. Y eso le sucedió a esta ceramista, joyera y escultora madrileña, hoy convertida en una de las firmas más personales y singulares de España. Pero, sigan leyendo, porque hay cambio de guion.

    Marcada desde su nacimiento por el imaginario cinematográfico -recibió el nombre como homenaje a la actriz italiana Giulietta Masina, esposa de Federico Fellini-, se crio en ese Madrid inspirador, creativo, lleno de talento… Su padre se subía a las tablas de los teatros y sus abuelas, una pintora y otra escritora, le enseñaron el oficio de amar el arte. Y aunque estudió diseño de moda en el IED y se especializó en diseño textil de superficies, trabajó durante años como diseñadora gráfica en el diario deportivo AS. «Pasaba tantas horas pegada al ordenador que necesitaba algo muy manual», reconoce. Y así nació la pasión… y el oficio. Porque justo debajo de su casa se encontraba el taller de la artesana ceramista Resu Labrador, donde podías ir con tus propias ideas y ella, a modo de tutora, ayudarte técnicamente a darles vida. «Me descubrió el camino, sin duda -asegura Álvarez-. Allí pasaba horas evadiéndome y, aunque solo comenzó como un entretenimiento, algo con una proyección muy personal para amigos y mi entorno, se fue convirtiendo en una ocupación… y en mi vida».

La ceramista Julieta Álvarez moldeando una de sus piezas.    Su primigenia idea -la de realizar unas piezas casi galácticas aplicándole unas virutas que se fundían dentro del horno cuando tomaban temperatura, consiguiendo así unos moteados cósmicos-, la bautizó como Cosmic Love. Animada por sus amigos y familiares, llevó esta primera colección a tiendas y todo, casualmente, empezó a funcionar. «De las tiendas pasé a presentar mis obras en ferias como la de París, donde contacté con distribuidores y tiendas de todo el mundo. De repente, me vi en una cadena de producción enorme y acabé contratando a un montón de gente que me ayudaba en la realización de las colecciones. Pero ya me encontré de ‘empresaria’, gestionando los temas administrativos, el control de aduanas, las bajas laborales… Yo quería estar en mi taller, realizando mis piezas, pero para entonces era necesaria esa infraestructura para poder entregar todos los pedidos. Fue entonces cuando me di cuenta de que podía, y debía, hacer de mi negocio algo más personal y local, no en cuanto a la distribución, pero sí a la realización. Quería hacer un proyecto mucho más artístico y empecé a gestionar un plan mucho más slow y en el que me siento, por suerte, mucho más feliz».

Piezas de la ceramista Julieta Álvarez.    Para entonces, las obras de arte de Julieta Álvarez ya habían alzado el vuelo, se vendían en tiendas y museos de Europa, como el Pompidou de París, el Reina Sofía de Madrid o el Museo de Arte Contemporáneo de Luxemburgo. Lladró la llamó para realizar su colección de joyería y su firma había alcanzado algo que jamás imaginó. El 78 de la madrileña calle Pelayo, frente al Palacio de Longoria, la sede de la SGAE, se había convertido en el place to be, en el taller artístico, showroom y oficina más cool de la capital. Llegaron otras líneas que fueron un éxito, como IRIS, una oda a la mujer, a lo orgánico, a lo irregular y a lo no repetido, porque Julieta no trabaja con moldes, por lo que cada una de sus piezas es diferente; o CALA, en la misma línea de IRIS pero más libre y artesanal. Sus obras eran piezas de museos y habían dado la vuelta al mundo cuando… llegó la pandemia. «Esto me cambió positivamente, puesto que ya hacía tiempo que quería hacer un giro de guion, un proyecto mucho más personal, de investigación y experimentación, de crear piezas más elevadas y escultóricas. Y, sobre todo, el negocio se ha vuelto mucho más online. Ya no necesito estar tan apegada a Madrid y me está haciendo plantearme bastante cosas, como irme con mi familia y crear una casa-taller llevándola a un espacio mucho más verde y tranquilo. La pandemia me ha demostrado que todo se puede hacer digitalmente, entonces, ¿qué me ata tanto a la ciudad? No gran cosa, ahora puedo entrar en otro ritmo, estar más concentrada en la parte creativa y ser aún mucho más feliz. Además, me cuestioné un montón de cosas que no me encajaban, estaba produciendo unas cantidades muy grandes para mí y me veía obligada a sacar dos colecciones por año a un ritmo vertiginoso para al final llenar a la gente de producto. ¿Para qué? Era mucho más sostenible hacer menos cantidad de producción, mucho más lenta, consciente y para un público que lo busca, valora y comparte».

    Y es que los tiempos de trabajo repercuten, y mucho, en el impacto que tiene en la naturaleza. La sobreproducción ha acabado. Volver al origen es el lema de Julieta Álvarez, puesto que «la artesanía tiene esto como intrínseco, en el momento en el que pretendes industrializarla hay un montón de contradicciones que no comulgan. La artesanía es artesanía porque se hace con las manos, poco a poco y tiene el valor que tiene».

   Así lo creemos también en Honèstica.

P.D.: Todas las piezas de Julieta Álvarez se encargan bajo pedido para mantener el sistema de producción sostenible, utiliza materiales como el barro blanco de baja temperatura y esmaltes en suspensión, tradicionales en cerámica, y los pétalos de sus jarrones se cosen uno a uno. Es una de las firmas pioneras en la investigación sobre nuevos esmaltes ecológicos, además de los que ya usa sin niquel y plomo.

Descubre aquí las piezas de Julieta.